Invitados de honor

jueves, 23 de octubre de 2008

Mijas, lugar de ensueño, 2º parte

No tengo un oído maravilloso que me de las claves y el don del

No tengo un oído maravilloso que me de las claves y el don del conocimiento de todo lo que ocurre a mi alrededor. Y doy gracias por ello. Porque me basta con un sentido del oído medianamente aceptable para detestar inapelablemente el mundo que me rodea. No soporto el ruido, ésa es la verdad. Y cada día que pasa lo llevo peor.

Cuando vine a vivir aquí nada hacía presagiar que viviría sobre la misma boca del infierno. Algunos meses después me molestaba ligeramente el sonido del tráfico. Tiempo más tarde comenzaron a irritarme sobremanera los gritos de verduleras de las mujeres que pasan por debajo de mi ventana. Y a estas alturas estoy poseída por una furia homicida que me empuja a bajar a la calle y apuñalar repetidas veces al arriero de los pobres burritos que viven al lado de mi casa, que a pesar de que rebuznan y dan coces resulta que son lo meno molesto de todo. Nada que ver con los dichosos perros-rata, esos perritos repugnantes que sus no menos repugnantes dueñas tienen en las casas para… ¿para qué? ¿Para hacerles compañía? ¿Para que les calmen el picor vaginal? ¿Para poder molestar a todos los vecinos en una especie de afán de protagonismo tipo “miradme, miradme, aquí estoy yo”?

Sin embargo, pese a todos estos factores, para mí el peor es el tráfico. Por un lado están los coches que, no sé por qué, pasan a una velocidad bastante poco adecuada para circular por una calle tan estrecha como de la que hablamos. Pasan a nosecuántos kilómetros por hora y no sólo eso, sino que si llueve y es aconsejable reducir la velocidad, o si la calle está llena de turistas que caminan alelados mirando a las nubes o pensando en las musarañas, o quizá están en Babia, o si, como decíamos, es aconsejable conducir despacio porque pocos metros más allá hay un colegio y los colegios es lo que tienen, que están llenos de niños, y los niños es lo que tienen, que poseen la loca costumbre de lanzarse a la carretera a lo kamikaze, y cruzan las calles sin mirar provocando el consiguiente infarto en los amorosos pechos de sus madres, las mismas a las que se oye vocear como verduleras. Y como decía mi abuela, que en paz descanse, no pasan más cosas porque dios no quiere.

Total, que no se adónde pueden ir esos conductores sin miedo a morir o matar con tanta prisa. Porque prisa tiene uno por la mañana temprano, cuando llega tarde al trabajo y siente la sombra amenazante del despido sobre su cabeza y no se ve capaz de decidir qué es peor, que a uno le despidan o que no le de tiempo a echarse un cigarrito antes de entrar al puesto de trabajo. Prisa se puede tener también al término de la jornada, cuando uno reza porque le de tiempo a fundirse medio sueldo en la tragaperras del bar de enfrente sin que a su mujer llegue a hacérsele excesivamente larga la tardanza como para sospechar que si su marido tarda tanto no es porque se haya entretenido en el trabajo sino porque anda por ahí gastándose el sueldo con los amigotes. Lo que no se puede comprender es que la gente tenga prisas a media mañana, a media tarde, a media noche. A las cuatro de la madrugada, joderrrr...

Luego tenemos las motos. Y los que van encima de las motos. Con la cabeza pelada y el casco colgando del brazo, no vaya a ser que se caigan y se rompan el codo. Y son modernos, muy modernos, porque hoy la moda consiste en ir pegando petardazos con el tubo de escape y no hay ni uno que no siga la moda, de tal manera que llega un momento en que yo ya no sé si vivo en Málaga o en una Valencia de perpetua Mascletá. Sinceramente, es para bajar a la calle y apearlo de la montura a ostias.
Además he descubierto un comportamiento extraño en estos personajillos. Por algún motivo que no alcanzo a comprender de vez en cuando alguno decide introducirse en mi callejón dando acelerones, llega hasta el final, y dando acelerones también sale por donde entró y sigue calle abajo. ¡¡¡¿POR QUÉ?!!! Dios, que alguien me de una respuesta!, hace días que no duermo dándole vueltas a este absurdo.

Bien, por lo visto tengo un ramalazo de matemática y el otro día me puse a echar cuentas del volumen de vehículos que pasan por debajo de mi ventana haciendo un ruido que no es normal, porque si circularan civilizadamente (si algunos lo hacen es que se puede) no tendría problema. Resulta que, desde las siete y media de la mañana hasta las once de la noche, oigo pasar una media de mil setecientos automóviles y motocicletas. Súmese a este cómputo la contaminación acústica de los ya mencionados perros-rata, y la gente que grita por la calle como si estuviera en una tómbola y se obtendrá como resultado lo que ya antes comentaba: la fórmula de las puertas del inframundo. Porque esto es del inframundo señores, o lo que es lo mismo, tercermundista.

1 comentario:

Tommy Vercetti dijo...

Vale, cuando planee acabar con el mundo ya se a quien llamar.